
Hombre que sabía cultivar el arte de la conversación y muy buen contador de anécdotas, Juan Domingo Perón era sin embargo muy poco afecto a hablar de sus lazos familiares. A Enrique Pavón Pereyra, uno de los biógrafos del único hombre que llegó a ejercer tres veces la presidencia, solo le habló una vez y con muy pocas palabras sobre su abuelo Tomás Liberato.
“La vida de mi abuelo, Liberato Tomás Perón, estaba sembrada de honores: fue senador nacional, mitrista, por la provincia de Buenos Aires y había participado en la batalla de Pavón. Fue, además, Presidente del Departamento Nacional de Higiene, que él mismo había creado; y practicante mayor del Ejército en la Guerra del Paraguay. También desempeñó varias misiones en el extranjero, especialmente en Francia, donde vivió varios años”, le dijo sin agregar más.
Es llamativo, porque esa semblanza, aunque elogiosa, tiene varias inexactitudes: Tomás Liberato – el orden de cuyos nombres invierte – no fue senador sino diputado por la Provincia de Buenos Aires. Su papel durante la Guerra del Paraguay se limitó a atender heridos en la Ciudad de Buenos Aires y su paso por Francia duró apenas seis meses, cuando viajó becado por el gobierno argentino durante el gobierno de Domingo Faustino Sarmiento.

Los errores – deliberados o no – de Juan Domingo Perón al contar la trayectoria de su abuelo no quitan, sin embargo, que Tomás Liberato haya tenido una vida notable y resulta extraño que el general haya omitido su mayor mérito: su decisiva participación como médico y sanitarista en la lucha contra la devastadora epidemia de fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires en 1871.
Por entonces la ciudad tenía alrededor de 155.000 habitantes. En apenas seis meses, esa enfermedad misteriosa, a la que también se conocía como “el vómito negro” y cuyo origen y vector de transmisión eran desconocidos, se cobró 14.000 vidas, poco menos del diez por ciento de la población. No era la primera vez que la fiebre amarilla asolaba la capital argentina. El año anterior se había registrado un brote y se recordaban los de 1852 y 1858, pero ninguno podía compararse ni en su magnitud ni en su letalidad con este. Hay un dato que permite ver la magnitud del desastre: por esos años, la cantidad de muertes diarias en la Ciudad de Buenos Aires era de menos de veinte personas, pero en su pico, la epidemia llegó a cobrarse 500 vidas en sólo 24 horas.
Un combate casi a ciegas
Faltaban todavía diez años para que el médico y bacteriólogo cubano Carlos Finlay planteara la hipótesis que el mosquito Aedes aegypti era el vector de transmisión de la enfermedad y más de tres décadas para que pudiera comprobarse. Por eso, durante el brote porteño de 1871, los médicos no sólo trataban, con poca suerte, de salvar las vidas de los afectados, sino que también intentaban descubrir cuáles podían ser los orígenes de la infección.

El médico higienista Guillermo Rawson describió el impacto que le había causado la epidemia: “Yo he presenciado, por razón de mi profesión, lo que ha sucedido en la epidemia pasada… Yo recuerdo… la soledad que se hacía en torno de los enfermos. Yo he visto abandonado el hijo por el padre, he visto a la esposa abandonar al esposo; he visto al hermano moribundo abandonado por el hermano”, relató.
Gracias a Rawson existe un relevamiento de los médicos y colaboradores sanitarios que perdieron la vida durante la epidemia de 1871: 12 médicos, 2 practicantes, 4 miembros de la comisión popular y 22 integrantes del Consejo de Higiene pública. Entre los médicos muertos se contaban Manuel Gregorio Argerich, su hermano Adolfo Argerich, Francisco Javier Muñiz, Zenón del Arca -decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires-, Caupolicán Molina, Ventura Bosch, Sinforoso Amoedo, Guillermo Zapiola y Vicente Ruiz Moreno. Hoy Buenos Aires recuerda con los nombres de sus hospitales a algunos de ellos.
El doctor Guillermo Rawson sobrevivió a la epidemia, igual que otro joven médico, diputado con mandato cumplido e integrante del Consejo de Higiene pública, que estaba convencido de que la contaminación del agua del Riachuelo – que era utilizada para el consumo por parte de la población de la ciudad – era una probable vía de transmisión de la enfermedad. Su nombre era Tomás Liberato Perón, el abuelo del general.
Médico, político y docente
Su nombre completo era Tomás Liberato Perón Hughes y nació en Buenos Aires el 17 de agosto de 1839. Su padre, Tomás Mario Perón era un genovés que había llegado desde Italia a la Argentina en 1831, donde se casó con Ana Hughes McKenzie, una joven británica, nacida en Londres, cuya familia se había radicado en la ciudad rioplatense. Para la familia Perón, la educación era importante y por eso inscribió a Tomás Liberato en el Colegio Nacional, donde terminó el secundario en 1869.

Al año siguiente se inscribió en la Facultad de Medicina y estaba a punto de recibirse cuando, en 1865, tuvo que interrumpir brevemente sus estudios para prestar servicio como practicante en la atención de los heridos de la Guerra de la Triple Alianza que eran trasladados a Buenos Aires. De esa época es una carta del médico Horacio Pirovano al escritor Eduardo Wilde que describe el desempeño de Tomás Liberato, elogiando su “pericia y sacrificio”. Finalmente obtuvo el título de doctor en Medicina en 1867, con una tesis de grado titulada “Envenenamiento por ácido arsenioso”, que fue apadrinada por otro de los médicos más respetados de la época, Leopoldo Montes de Oca.
Una vez recibido, Tomás Liberato combinó el ejercicio de la medicina con la docencia y la actividad política. Enrolado en las filas del mitrismo, asumió como diputado de la Provincia de Buenos Aires y desde su banca impulsó varios proyectos relacionados con la Salud Pública, entre ellos la reestructuración del Consejo de Higiene Pública, que poco después cumpliría un papel estratégico durante la epidemia de fiebre amarilla. Como docente, en 1870, fue el primer profesor titular de la Cátedra de Medicina Legal de la Facultad de Derecho.
“Siendo un joven de 29 años ocupó una banca en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, lo que fue aprovechado por él para buscar el bien de sus conciudadanos señalando al gobierno los problemas atinentes a la higiene y la salud públicas, a las condiciones de trabajo en los saladeros y graserías existentes por entonces en las márgenes del Riachuelo, observando el peligro de su ubicación, frontera a la ciudad, que luego habría de comprometer trágicamente la epidemia de 1871”, describió la labor legislativa de Tomás Liberato el periodista y escritor Gastón Federico Tobal (padre).
La mirada de un sanitarista
Cuando a principios de 1871 se desató la epidemia de fiebre amarilla, el joven doctor Tomás Liberato Perón puso de inmediato la mirada en el Riachuelo. Pensó que esas aguas contaminadas con los desechos que verían los saladeros podían ser una causa posible de la infección. Sabía que esas aguas abastecían a parte de la ciudad y podían ser un problema para la salud pública. Esta hipótesis fue recogida por el diario La Nación, que en uno de sus editoriales durante la epidemia describió al lecho del Riachuelo como “una inmensa capa de materias en putrefacción. Su corriente no tiene ni el color del agua. Unas veces sangrienta, otras verde y espesa, parece un torrente de pus que escapa a raudales de la herida abierta en el seno gangrenado de la Tierra. Un foco tal de infección puede ser causa de todos los flagelos, el cólera y la fiebre. ¿Hasta cuándo inspiraremos el aliento y beberemos la podredumbre de ese gran cadáver tendido a espaldas de nuestra ciudad?”.

La idea de Tomás Liberato Perón que señalaba al Riachuelo como posible causante de la epidemia no estaba del todo errada, aunque la verdadera causa no tenía que ver con la contaminación del agua sino con su estancamiento, que provocó la proliferación del mosquito Aedes aegypti, el desconocido vector en la transmisión del contagio.
Motorizó entonces una campaña para erradicar los saladeros que vertían desechos en el Riachuelo y logró que el Congreso votara una ley estableciendo que quedaban “absolutamente prohibidas las faenas de los saladeros y graserías ubicados en el Municipio de la Ciudad y sobre el río de Barracas y sus inmediaciones”. Por su labor durante la epidemia, el presidente Domingo Faustino Sarmiento le otorgó a Tomás Liberato Perón aquella subvención para que perfeccionara sus estudios en París que mencionó su nieto, el tres veces presidente en su charla con Pavón Pereyra.
Desde 1867 –poco después de haberse recibido de médico– Tomás Liberato mantenía una relación amorosa con Dominga Dutey, con quien convivía sin casarse. La pareja recién contrajo matrimonio en 1881. Se instalaron en una casaquinta de la localidad bonaerense de Ramos Mejía, donde Tomás Liberato pasó sus últimos años enfrentando continuos problemas de salud. Murió el 1 de febrero de 1889 a causa de una pulmonía.
Lo sobrevivieron tres hijos, Mario Tomás, Tomás Hilario y Alberto. Con el correr de los años, el hijo mayor de Tomás Liberato, Mario Tomás, conocería a Juana Salvadora Sosa, con quien tendría a su vez tres hijos. Uno de ellos, Juan Domingo, nacido en Lobos el 8 de octubre de 1895, marcaría a fuego la vida política argentina del siglo siguiente. Tomás Liberato no llegó a conocerlo.



