Matías Bottoni a nueve meses del accidente: la silla de ruedas que le rompieron en Ezeiza y la esperanza puesta en Barcelona

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Matías hace unos días, luego de recibir un desayuno que le enviaron sus profesores de la escuela Dante Alighieri donde estudió (Foto/Gentileza Familia Bottoni)

—¿Cuento yo?

—No, no. Cuento yo y vos agregá después.

Matías Bottoni (17) se adelanta a su papá y toma la palabra. En dos semanas, si todo sale como está previsto, el nadador viajará a Barcelona para iniciar un tratamiento intensivo en el Institut Guttmann, uno de los centros de referencia mundial en lesiones neurológicas.

Se están por cumplir nueve meses del accidente en el que se fracturó la sexta vértebra cervical y que lo dejó en silla de ruedas. Desde entonces no puede mover el cuerpo de la cintura para abajo y atraviesa un largo proceso de recuperación en el Centro APREPA, en la localidad de San Jerónimo Sud, en Santa Fe. En ese contexto, la posibilidad de continuar su rehabilitación en el exterior lo tiene especialmente entusiasmado.

“En este momento no existe una cura concreta para mi patología, pero sí hay terapias para mejorar la calidad de vida. A la Argentina todavía no llegaron, porque son muy nuevas. En Barcelona, en cambio, hay más tecnología: tienen exoesqueletos y tratamientos personalizados. La idea es hacer todo eso”, explica. “Me motiva muchísimo. Es salir de la monotonía de la rehabilitación, que vengo transitando hace varios meses y, también, conocer otro lugar. Me va a hacer bien a la cabeza”, agrega.

Matías empezó a nadar a los tres años y nunca paró hasta el momento del accidente

En los últimos días, el nombre de Matías volvió a aparecer en distintos portales después de la denuncia que radicó su padre, Luciano Bottoni, por la rotura de una silla de ruedas de alta tecnología donada desde Israel, que fue dañada durante un vuelo internacional al llegar a Ezeiza.

“Lo que pasó es un delito. No se puede tratar a una silla de ruedas como a un equipaje: es un medio de locomoción para una persona como mi hijo. Si él hubiera estado en ese vuelo, no hubiera podido regresar a Rosario”, resume.

En esta nota con Infobae, el joven nadador y su papá cuentan cómo es hoy su rutina de rehabilitación, la travesía que implicó conseguir una silla ultraliviana y de alta tecnología —que Luciano fue a buscar personalmente— y qué esperan del tratamiento que iniciará en Europa, una posibilidad a la que tanto Matías como su familia se aferran con fuerza y esperanza.

Parte del respaldo de la silla que le rompieron en Ezeiza

“Hago ocho horas de rehabilitación por día”

Matías va a rehabilitación con la misma determinación que tenía cuando entrenaba y soñaba con clasificar al Sudamericano Juvenil. La mentalidad de deportista sigue intacta, incluso frente a los altibajos que atraviesa.

“De momento estoy haciendo ocho horas de rehabilitación por día: cuatro a la mañana y cuatro a la tarde. Hago hidroterapia, terapia ocupacional y fisioterapia. Arranco a las 8 y termino a las 18.30”, cuenta. Además, realiza electroestimulación para mantener el tono muscular en las piernas.

Al principio, el panorama fue devastador: los médicos le dijeron que iba a quedar cuadripléjico. Con el paso de los meses, sin embargo, comenzaron a aparecer pequeños avances. Hoy puede mover los brazos y controlar el tronco; la movilidad de las manos sigue siendo limitada. “De a poco me fui acostumbrando a vivir así. Tengo mis bajones. Me permito estar mal, pero trato de volver a levantarme”, dice.

El día del accidente, Matías había ingresado en la final de los 200 metros mariposa, una de sus especialidades, además de los 200 y 400 combinados

El accidente ocurrió el sábado 10 de mayo de 2025, durante el Campeonato Nacional de natación, en la pileta del Parque Olímpico de Villa Soldati. Mientras practicaba partidas en uno de los andariveles, Matías chocó con otro nadador que apareció de manera inesperada en su carril —una maniobra prohibida por reglamento— y quedó inmovilizado bajo el agua.

El golpe fue tan raro que, cuando sacaron a Mati del agua, ya no podía mover las piernas ni los brazos”, explicó su entrenador, Gustavo D’Andrea, a este medio. “Fue una tragedia. En mis más de 30 años en la profesión nunca vi algo como esto”, sumó.

Luego de la primera asistencia en el hospital Santojanni, Bottoni fue derivado al Italiano, donde fue operado de urgencia y estabilizado.

Desde entonces, el joven nunca volvió a su hogar. Está internado en el Centro Integral de Rehabilitación APREPA, donde pasa sus semanas acompañado por sus padres, que se mudaron a una casa alquilada cerca del lugar y se turnan para estar con él. Los fines de semana, cuando puede salir del centro, intenta distraerse: “A veces voy a la plaza, miro una peli o juego a la compu”, cuenta. “Mi vida cambió abismalmente. Mi familia, mis amigos y mis seres queridos están siendo mi sostén. No soy muy partidario de los psicólogos”, dice.

Luciano Bottoni junto a el argentino-israelí Eric Hecht, quien le donó la silla a Matías

La silla de ruedas donada

La silla de ruedas que terminó dañada en Ezeiza era clave para Matías. Había sido donada por Eric Hecht, un argentino que vive en Israel y que sufrió una lesión similar a la del nadador hace más de dos décadas. Como traerla al país por los canales habituales era casi imposible —los trámites aduaneros podían demorar meses—, Luciano Bottoni decidió viajar a buscarla.

El 28 de diciembre pasado voló a Israel, llegó al día siguiente y el 31 emprendió el regreso con la silla. Pasó las fiestas lejos de su familia con un solo objetivo: mejorarle la calidad de vida a su hijo. Hasta ese momento, según explican ambos, Matías se manejaba con una silla estándar, con respaldo de tela, lejos de lo que necesita una persona con su tipo de lesión.

La que le donaron es ultraliviana, tiene un respaldo anatómico y rígido que mejora su postura y cuenta con un sistema de ruedas que favorece la propulsión. “Vos hacés una remada y el mecanismo multiplica tu impulso por cuatro. Te da la posibilidad de ganar independencia o de llegar más lejos con menor esfuerzo”, detalla Matías.

Luciano espera a que su hijo termine de hablar para intervenir y aporta un dato clave: “Una silla común tiene un aro metálico que se agarra y se empuja. Mati hoy no puede apretar con los dedos. Lo que hace es apoyar el talón de la mano e impulsarse. En ese sentido, esta silla lo asiste. Para subir una rampa, por ejemplo, es fundamental”.

La denuncia que presentó el papá de Matías ante la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA)

Durante el viaje de regreso, la silla había sido trasladada con especial cuidado. En los vuelos previos, según explica Luciano, fue llevada hasta la puerta del avión y protegida durante todo el trayecto. Incluso, en uno de los tramos, la aerolínea asignó asientos especiales para resguardar las ruedas.

La situación cambió antes de llegar a Ezeiza. Pese a las advertencias de Bottoni, la silla fue despachada y apareció dañada en la cinta transportadora. Según consta en la denuncia, el caño trasero estaba roto, el respaldo doblado y parte de la estructura torcida, lo que provocó que una de las ruedas delanteras quedara sin apoyo.

“El valor de esa silla ronda entre los 30 y los 40 mil dólares. Supongamos que mañana me compran otra o pagan la reparación, pero ¿qué hace Matías mientras tanto?”, se pregunta Luciano. “La principal causa de volver a una internación son las escaras, que aparecen por malas posturas”.

Para la familia, el episodio dejó en evidencia una falta de capacitación y de conciencia sobre cómo deben manipularse estos elementos. “No se trata solo de este caso. Hay que concientizar a las aerolíneas: una silla de ruedas no es un equipaje común. De su estado depende la salud y la movilidad de una persona”, remarcan padre e hijo.

Cómo será el tratamiento en Barcelona

Con ese escenario —una rehabilitación intensa en Santa Fe y la silla dañada aún sin resolver— apareció la posibilidad que hoy concentra todas las expectativas: un viaje a Barcelona para iniciar un tratamiento en el Institut Guttmann, uno de los centros de referencia mundial en lesiones neurológicas.

Antes de decidirse por dicho centro, los Bottoni evaluaron otras alternativas en Toledo, Valencia y Sevilla. La elección estuvo marcada por la urgencia de acceder a tecnología robótica que en Argentina aún no está disponible.

El tratamiento es costoso (“Más de diez mil euros por mes”, dice Luciano) y el tiempo de estadía dependerá de los recursos que logren reunir. “En un primer momento iríamos los cuatro para estar juntos y acompañar, pero después el hermano de Mati, que tiene 12 años, y yo volveríamos para que él pueda seguir con la escuela. Valeria se quedaría con Mati allá unos tres meses, que es lo que fuimos juntando”, explica.

Todavía no hay una fecha cerrada, pero la idea es viajar alrededor del 20 de febrero. “Otra posibilidad es que la obra social pueda cubrir una parte. Acá mi rehabilitación la tienen que pagar de cualquier forma, así que la idea es ver si pueden aportar ese monto para el tratamiento en Barcelona. Eso nos aliviaría y quizás me permitiría quedarme más tiempo”, agrega el joven.

A pocos días de cumplir 18 años, el próximo 8 de febrero, Matías sabe que el camino es largo, pero está dispuesto a seguir intentando.

*Para colaborar con el tratamiento de Matías en Barcelona podés donar mediante transferencia bancaria a la cuenta de su papá, Luciano Bottoni. Banco: Santander Río. Alias: lucianomartinbottoni.